- El Sueño de la Casa Propia (o como hacer para no perder el sueño)

Performance duracional de Santiago Cao.
Realizada ininterrumpidamente del 25 al 26 de abril de 2011.
En el contexto del festival Semana Fora do Eixo
Brasília, Brasil.
Registros fotográficos por Philipe Nagô.

Duración: 2 días.

(Para ver los registros fotográficos de esta Performance, hacer click sobre la foto)


Registro Narrativo:

Por versão em português, siga o link:  http://santiagocao.metzonimia.com/casapropria-pt

Acción duracional cuestionando y cuestionándome los conceptos de Propiedad y Pertenencia, tomando como base los edificios públicos en Brasilia (“techos sin gente”) y la gran cantidad de personas que en esta ciudad viven en situación de calle (“gente sin techos”).

Siendo que quiénes poseen una llave que abre una cerradura tienen en su poder la posibilidad de entrar y de dejar entrar a otra persona a un determinado espacio, quién posea una llave poseerá al mismo tiempo el poder de denegar ese acceso, dejando a otros por fuera de ese interior si así lo desea. Pero aquellas cosas materiales que poseemos también nos poseen, quedando de cierta manera “atados” a ellas.

Pensando en esto, me vestí con pantalón de traje, camisa y corbata, y até a mi cuello una correa para perros con una cadena de 3 metros de largo. En el otro extremo de la cadena había una llave dentro de una cerradura. Cargando dicha cerradura en la mano, me había propuesto caminar ininterrumpidamente durante 3 días por las calles de Brasilia deambulando dentro del perímetro comprendido entre la Explanada de los Ministerios y la Terminal de Buses, pasando por el Museo Nacional, el Teatro Nacional, La Catedral y el SBN (Sector Bancario Norte). Dicho perímetro se caracteriza por no poseer vivienda alguna, siendo todos ellos Edificios Públicos, Espacios Culturales, Religiosos o Conjuntos de Bancos. A diferencia de lo que sucede durante el día, cuando la zona se encuentra plagada de oficinistas, por las noches solo transitan por allí quienes sin tener un techo propio, buscan refugio en sus veredas para dormir o consumir Crack. Estos edificios poseen Personal de Seguridad Privada que continuamente rondan el perímetro de los mismos, expulsando a quien intente acercarse.

Mi propuesta inicial era pegar la cerradura a la pared de uno de estos edificios intentando apropiarme de la misma y convirtiéndola en “mi lugar”, mi pertenencia, hasta que alguna de estas personas encargadas de la seguridad decidiera lo contrario y me expulsara. Repetiría esta acción durante los 3 días, deambulando, buscando el sueño de la casa propia,  compartiendo las calles con quienes duermen sin tener ya este sueño.

Pero como siempre sucede… las cosas nunca salen como uno las piensa (¡por suerte!).

Inicio la acción a las 21 hs del día 25 de abril. Me presento a la fiesta de apertura del festival vestido con mi pantalón de traje, camisa y corbata. Elijo una columna en el patio del museo y pego allí la cerradura. Quedo preso dentro del espacio del arte. Intento expresar, con un leve tono de ironía, que el artista en el contexto artístico, está a salvo. El mismo circuito lo protege. Todo lo que haga será visto como artístico. Pero esa seguridad es también su limitación. ¿Que sucede cuando se atraviesan los límites? Cuando se quiebra el marco y el contexto muda de reglas.

A las 23:30 hs aproximadamente una mujer que parece estar un poco borracha, queriendo saber cómo está pegada la cerradura a la columna, la fuerza violentamente y la despega. ¡Quedo Liberado! Inicio mi deambular (¿errante?).

Durante más de 3 horas camino recorriendo los posibles lugares para intervenir al siguiente día. Las calles están vacías. Solo se ven custodios de seguridad y militares armados. Hace frío. Primer intento de apropiación: la entrada de la catedral. Al menos tiene techo y me va a proteger del frío de la noche. Pego la cerradura allí.

No puedo dormir bien. Tengo el cuerpo congelado. Me despierto de a ratos. Un hombre con barba y aspecto de vivir en la calle me descubre y se acerca.

¡Mi Dios! -dice- está unido a una cerradura”

Comienza a hablarme pero yo le respondo con movimientos de  cabeza. No uso la voz. Ve que mi cuerpo tiembla. Me pregunta si tengo frío. Le respondo que sí. Me pregunta si quiero una manta. Le digo que no (¿Por qué respondo que no si tengo frio?). Me ofrece ir a buscar una almohada y un colchón. Nuevamente le digo que no (¿Por qué?). Me pregunta si tengo dinero. Vuelo a negar.

–dice- usted tiene dinero” y se va.”

En realidad no tengo dinero. Solo cargo un teléfono celular con el cual pretendo comunicarme mediante mensajes de texto con la producción del evento para mantenerlos al tanto de la situación y poder decirles donde ubicarme en caso que quieran tomar registros fotográficos de la acción.

Con las primeras luces del día llegan los primeros turistas. Quieren ver la catedral pero aún está cerrada. Dos parejas de unos 60 años se acercan hasta las rejas de la puerta y toman fotos hacia dentro. Están al lado mío pero no me miran. Ni siquiera su conversación parece denotar mi presencia. Me ignoran.

Tengo mucho frío. ¡Quiero sol! Me voy de este lugar. Despego la cerradura. Abandono lo apropiado.

En un semáforo escucho que alguien me llama. Es el mismo hombre que durante la noche me había ofrecido una manta y un colchón. Me hace señas de que lo espere. Cruza la calle.

Buen día –me dice- ¿durmió bien?

Le sonrío y respondo que sí con la cabeza.

“¿Lo incomodé anoche?

Nuevamente le respondo que no con la cabeza.

Yo soy habitante de la calle, ¿sabe? Usted también duerme en la calle, pero fue a dormir a la casa de Dios. Está protegido allí –me dice y agrega– Usted se parece a mi amigo Alex.”

Nos sonreímos y cruzo la calle con la intención de apropiarme de una las paredes exteriores del Ministerio de Desenvolvimiento, Industria y Comercio Exterior. Pego allí mi cerradura.

08:20 hs: Estoy aquí, apropiado a esta pared desde hace un rato, viendo como a mi nuevo amigo de la calle la gente lo esquiva cuando se les acerca para pedirles dinero en el semáforo. Las personas en sus carros cierran las ventanillas. Él guarda una distancia de más de un metro para no inquietar a las personas dentro. La gente a mi lado me esquiva la mirada y siguen rápidamente su camino. Un hombre se detiene y me pregunta si es una protesta lo mío. No le respondo pero le sonrío. Me mira y dice:

Yo también tengo ganas, pero me falta coraje. Si tuviera, estaría allí junto a vos. O pondría una bomba y ¡BOOOOM! –y antes de irse agrega- Felicitaciones. ¡Éxitos!” Y sigue su camino.

No sé qué hora es. Ya no quiero mirar la hora. Este amigo que vive en las calles, que pide dinero en los semáforos, se me acerca.

“¿Toma café? –me pregunta- ¿quiere comer algo?

Respondo que sí con la cabeza. Me da una servilleta de papel. Se aleja. No comprendo. Le hago señas para que regrese. Le muestro que se olvidó la servilleta. Se acerca.

Dentro de la servilleta hay dinero –me dice en voz baja-  es para usted.”

Se lo devuelvo con una sonrisa. Él insiste.

“¿Pero no dijo usted que tenía hambre? y como anoche me dijo que no tenía dinero, aquí tiene

Le agradecí sonriendo (¿Por qué no puedo aceptar dinero de él?)

¿Para más tarde? –me pregunta. Me mira unos segundos en silencio y me dice:

Yo tengo problemas  con las drogas, ¿sabe? Estoy preso en ellas. Usted también está encadenado. Los dos estamos presos. Nos tenemos que ayudar. Yo tengo problemas pero sé que voy a salir

Nos sonreímos. Me dan ganas de abrazarlo. No sé porque no lo hago. Los dos estamos presos. El vuelve a su semáforo a pedir monedas. Yo me quedo en mi pared. Apropiándomela. Apresándomela. Apresado.

Pasan las horas. Algunas personas se me acercan. Todas me preguntan lo mismo… “¿Cuál es el motivo de su protesta?”. Algunos coinciden en suponer que debo de ser un empleado de ese ministerio que ha perdido su trabajo y está protestando por ello.

No sé qué hora es. Supongo que cerca del medio día porque las personas comienzan a salir de los edificios en busca de comida.

Dos mujeres de unos 50 años aproximadamente, cada vez que salen del ministerio a fumar un cigarrillo se me acercan a preguntar lo mismo. ¿Pensarán que en esa oportunidad tendrán mejor suerte y les responderé? Una de ellas asocia la cerradura con una situación de vivienda. “Está protestando por la vivienda -dice.” Yo le sonrío al igual que les sonreí con cada una de sus afirmaciones. Me preguntan si tengo sed. Respondo que sí con la cabeza. “¿Y no quiere que le traigamos algo de comer también? -preguntan”. Vuelvo a responder que sí. A los pocos minutos regresan con agua y unas frutas. Me  prometen regresar luego con más comida. Una hora después cumplen con lo dicho y me traen un té caliente (¡como lo agradezco por dentro!), un vaso con limonada y un poco de arroz con leche. Como y bebo con ganas. Me hacen chistes sobre dónde y cómo voy a orinar. Me río con ellas.

Otra mujer se acerca. Dice que cuando entró a trabajar a las 7:30 hs de la mañana, yo ya estaba allí, con lo cual supone que debo de haber estado desde antes.

Ya lleva más de 6 horas allí –dice- No sé cual sea el motivo de su protesta, pero usted tiene mucha convicción y fuerza en lo que hace.”

Me mira en silencio unos segundos y agrega:

Yo soy jefa de una sección en este ministerio y hoy despedí a cuatro empleados. Tengo cuatro puestos libres. Quiero contratarlo para que trabaje conmigo

Me río. Una de las dos mujeres mete mano en la cerradura y consigue liberar la llave. Festeja mi liberación junto a su amiga. Pero aún sigo atado a la cadena. Me mira. Yo no hago nada. Solo la miro en silencio. No sabe qué hacer con la llave y la vuelve a colocar en la cerradura.

La mujer-jefa observa que la cadena está unida a la correa para perros por un gancho. Se me acerca y abre este gancho liberándome de la misma.

Ya lleva demasiadas horas aquí –dice-” y se va, entrando nuevamente en el ministerio.

Estoy libre. No sé qué hacer. ¿Qué hago con mi libertad? Ya me estaba gustando estar aquí. La gente me trataba bien, me daban conversación, estas dos mujeres me traían comida y bebida. Nadie me agredía. El personal de seguridad ya me saludaba con una sonrisa. ¡No quiero mi Libertad! ¡Quiero quedarme acá!

Me vuelvo a enganchar de la cadena. Las dos mujeres miran perplejas. No comprenden porque estoy haciendo eso. Yo tampoco.

Esta mujer me liberó –pienso- son las reglas del juego. Si me liberan o me echan… hay que volver a caminar buscando un nuevo lugar donde poder apropiarme-atraparme”.

Decido que es un buen momento para partir. Despego la cerradura del muro. Me acerco a las dos mujeres. Les agradezco por la comida y el agua. Ahora si uso la voz. Les explico lo acontecido. El porqué. Mi “porqué” de la acción. Les cuento sobre la generosidad del hombre que vive en la calle. De cómo las personas le cerraban los vidrios de sus carros cuando él se les acercaba para pedirles dinero. Del miedo que da lo desconocido siendo paradójicamente ese desconocido quien no precisó conocerme para preguntarme si tenía hambre y frío. Siendo él, quien pedía dinero, el que me lo ofreciera sin yo siquiera pedírselo. Las dos mujeres tienen el rostro emocionado. Me despido de ella y voy en busca de una nueva pared donde apropiarme-atraparme.

Deambulo durante más de 2 horas. Voy al Sector Bancario Norte. No me convencen las paredes que veo. Es como si estuviera perdido en un territorio conocido. No quiero estar allí. Decido regresar a la Explanada de los Ministerios y probar suerte en otro de los edificios. Elijo el Ministerio de Planeamiento. Esta vez quienes se acercan son dos guardias de seguridad. Están vestidos con trajes negros. Usan corbata igual que yo. Me preguntan cuál es el motivo de mi protesta. Les sonrío pero no hago uso de las palabras. Me preguntan si no les voy a responder. Vuelvo a sonreír.

Comprendo –dice uno de ellos-“ (¿Qué comprende? –me pregunto yo). Se alejan hasta la esquina del ministerio pero no se van. Siguen allí. Hablando entre ellos. Mirándome. Una tercera y una cuarta persona, también de traje obscuro, se les unen. Al poco tiempo aparece una mujer vestida con falda y saco negro. Se me acerca. Los otros cuatro la siguen. Se repite la serie de preguntas. Se repiten mis sonrisas. Ella también comprende. Yo sigo sin comprender lo que ella comprende. Regresan para la esquina. Se les suman más personas. Una de ellas, camina hacia mí. Parece empleado de seguridad del ministerio, pero no está vestido de negro. Su ropa es verde obscura. Observa que he dejado en el suelo una pequeña botella con agua.

No sé cual sea el motivo de su protesta, pero cuando precise más agua, háganos una seña y le traeremos más –me dice–“. Le agradezco con una sonrisa.

Supongo que transcurre media hora cuando un nuevo hombre, seguido por los dos primeros empleados de seguridad, se acerca hacia donde estoy. Habla nerviosamente por teléfono celular. Uno de ellos le hace señas de que “no” (¿de que no qué?). Al acercarse más escucho que está hablando con la policía. Pide que envíen rápidamente un carro al ministerio. A los pocos minutos llegan. Pero son dos carros en vez de uno. Estacionan en la misma vereda, pero en la esquina opuesta a donde se encuentra toda la gente. Ya son varios los que miran. Dos de los policías se acercan.

Buenas tardes señor –dice uno de ello- ¿Cuál es el motivo de lo que está haciendo? ¿Es una protesta?

Miro la cerradura en la pared y les sonrío.

¿Cuál es su nombre? –preguntan-“

Sonrío.

¿Tiene documento? –vuelven a preguntar”

Vuelvo a sonreír.

¿No va a responder?

No respondo.

Se miran entre ellos. No saben qué hacer. Regresan al carro y hablan con el resto de los policías.

No transcurren ni 5 minutos y llega al lugar un camión de bomberos. A su lado estaciona un carro más pequeño. Leo que tiene escrito “cuerpo de salvataje”. No puedo creer lo que está ocurriendo. Estoy fascinado y al mismo tiempo preocupado por las consecuencias.

Los bomberos bajan rápidamente del camión, casi automáticamente, y al ver la situación se quedan inmóviles, como si no comprendieran lo que está sucediendo. Uno de ellos, supongo que el de mayor jerarquía, se me aproxima.

Buenas tardes –saluda-“

Respondo inclinando un poco la cabeza.

 “Quisiéramos saber que está sucediendo aquí. ¿Cuál es el motivo de su protesta?

Miro la cerradura y luego lo miro a él.

¿Puede hablar? –pregunta”

Sonrío.

¿No habla?. Comprendo”. Guarda silencio unos segundos y se dirige hacia donde están los policías. Veo que hablan entre ellos. Escucho nuevos sonidos de sirenas. Llega al lugar una ambulancia. Bajan unos médicos con guantes y barbijos. Su accionar es automático. Se detienen al verme. Se miran entre ellos. No saben qué hacer. Los policías y los bomberos se ríen. Uno de los médicos se acerca y repite el mismo esquema de preguntas.

Buenas tardes –dice- ¿Por qué esta usted así? ¿Cuál es el motivo de su protesta?

Sonrío. Y miro la cerradura.

¿Es una protesta? –pregunta”

Sonrío nuevamente.

No comprendo. ¿Me puede explicar?

Nueva sonrisa.

¿Usted no habla? –pregunta”

Sigo sonriéndole.

No habla. Comprendo” –dice y se dirige hacia donde están los policías y bomberos. Se quedan todos riendo y comentando sobre la situación. A los 10 minutos se acerca nuevamente el jefe de bomberos.

Supongo que el señor no sabe cuál es el motivo de que esté presente la policía, los bomberos y los médicos –dice”

Sonrío y lo miro con curiosidad.

Alguien llamó a la policía diciendo que había una persona que se quería suicidar

Me río. Suelto una carcajada. Me supera la situación. No puedo creerlo. Miro la cerradura intentando comprender un poco lo que está sucediendo.

Si –dice el bombero- yo tampoco creo que alguien pueda suicidarse con una cerradura

Nos reímos juntos.

Vamos a hacer algo –propone- si el señor me da su palabra de que no se va a suicidar, nosotros nos retiramos tranquilos

Sonrío.

Claro. Olvidé que no habla. Mmmm. –piensa unos segundos- Creo que vamos a confiar en que usted no se va a suicidar y nos vamos a retirar

Nos reímos.

Me mira en silencio y luego dice “¡Éxitos!”.

Se retiran los bomberos. Luego parte la ambulancia. Los policías me miran un rato más y luego se despiden con un movimiento de cabeza.

Me pregunto si alguien de la producción del evento habrá podido registrar lo sucedido. Veo llegar a lo lejos un fotógrafo que se dispone a tomar una foto. Veo también llegar con él a dos personas de la producción y una periodista. Siento mucha bronca de saberlos llegar tan tarde. Quedo estúpidamente irritado. Demoro más de una hora en comprender otras posibles realidades, distintas a la creada por mi cabeza en ese momento. Solo unos días después, durante un debate, comprendo que el origen de mi reacción fue una gran contradicción interna que hasta ese momento no había podido observar claramente. Maicyra Leão, una artista Brasilera, en ese debate utiliza dos metáforas para referirse de manera generalizada a los modos de accionar de los performers. Dos arquetipos. El primero, el del “Domador de Leones”, que pretende dominar la situación. El segundo, el del “Lanzador de Cuchillos”, que corre un riesgo en cada acción. El uno, del lado de lo previsto; el otro, del lado de lo imprevisto. Comprendo mi contradicción. En los últimos años, realizando performances en espacios públicos, me he ido interesando cada vez más por la calle como espacio de acción, y cada vez menos por los “espacios artísticos convencionales”, como espacios de exhibición. Pero en esta oportunidad, no queriendo cerrar las preguntas con mis respuestas; buscando “ser” en la calle misma y en su contexto; queriendo que los que por allí transitan sean los que encuentren la respuesta a su preguntar-me. Queriéndome integrar a su imaginario, a su mirar subjetivo que les hizo comprender la cerradura y la cadena que me unía a ella como una prisión, como una protesta o como un intento de suicidio según sea el mirar de cada quien. Queriendo ser el tirador de cuchillos que vive el riesgo del imprevisto, del accidente que modifica la idea inicial, terminé siendo el domador de leones, el artista que pretende tener un registro espectacular para poder compartirlo con los demás y que los demás vean lo interesante que es él, en tanto artista.

¿Cuál es el valor del registro y cual el de la acción? ¿Cuánto hay de ego en el registro y cuánto en la difusión? Tanta veces he visto cómo un fotógrafo, en su afán de plasmar la situación en una imagen, termina interfiriendo en dicha acción, convirtiéndola en un simple espectáculo para su cámara y centrando la atención de las personas más en su figura, que en la acción misma.

Es hora de tomar una postura clara al respecto. Una posición definida. Aprendiendo de lo sucedido, me manifiesto priorizando la acción por sobre el registro fotográfico.

Como artista visual que construye imágenes, creía en la necesidad del registro fotográfico como herramienta para difundir la acción. Buscaré, a partir de esta experiencia, comunicarla de otra manera, generando imágenes por otros medios. Apelaré a la narración oral y escrita. Como ahora mismo estoy haciendo. Como ahora mismo ustedes están leyendo. De igual modo que han estado, ustedes mismos, creando las imágenes de lo sucedido a lo largo de toda esta narración.