- ¿Cicatrices?

Performance Psicomágica duracional de Santiago Cao, accionando sobre las heridas abiertas en Chile tras la dictadura de Pinochet.
En el contexto del festival “MINAS, Cicatrices de la Memoria”.
30 de octubre de 2010. Santiago de Chile, Chile.
Registros fotográficos por Valeska Urqueta y Yael Zaliasnik.
Agradecimientos a Valeska Urqueta por ayudar en la producción y a Malena Valdeavellano por la generosa hospitalidad en su casa el tiempo que duró mi estancia en Santiago de Chile.

Duración aproximada: 3 horas
(Para ver los registros fotográficos de esta Performance, hacer click sobre la foto)


Registro Narrativo:

Por versão em português, siga o link:  http://santiagocao.metzonimia.com/cicatrizes-pt


El accidente como recurso de historicidad. La piel como registro biográfico. 

 

Si una cicatriz es lo que queda, a modo visible, de una herida pasada que ha sanado, ¿Podemos hablar de “cicatrices” en Latinoamérica, donde las heridas aun siguen abiertas? ¿O sería conveniente hablar de “marcas” o “huellas” visibles de hechos pasados aun presentes en nuestros días?

Esta acción tuvo su inicio en el Memorial del Rio Mapocho, a la altura del Puente Bulnes, en Santiago, capital metropolitana de Chile. Escogí ese lugar por la trágica historia que guarda en su memoria. El 13 de octubre de 1973, 14 jóvenes de entre 14 y 26 años de edad fueron ejecutados por Carabineros de Chile. Un mes antes, en el mismo lugar fueron fusilados 7 funcionarios del Hospital San Juan de Dios entre los que estaba el sacerdote español Joan Alsina. En los expedientes se consigna esta declaración del soldado que le disparó:

 

Al llegar al Puente Bulnes mi capitán frenó (El mayor (R) Donato López Almarza). Yo me bajé como lo hacía con cada uno de los que fusilaba y saqué a Juan del furgón y fui a vendarle los ojos. Pero Juan me dijo ‘por favor, no me pongas la venda, mátame de frente, porque quiero verte para darte el perdón’. Fue muy rápido. Recuerdo que levantó su mirada al cielo, hizo un gesto con las manos, las puso sobre su corazón, movió los labios como si estuviera rezando y dijo ‘Padre, perdónalos’. Yo le disparé la ráfaga y cayó al tiro. Quería dispararle con la pistola, pero lo hice con la metralleta para que fuera más rápido. El impacto fue tan fuerte que volteó su cuerpo y prácticamente cayó solo al Mapocho, yo tuve que darle un empujoncito no más. Otros a veces caían al piso del puente y había que levantarlos y echarlos al río. Eran las diez de la noche y de este fusilamiento no me voy a olvidar nunca más”.

 

Inicié la acción en el muro del Memorial extendiendo bajo los retratos fotográficos de 936 detenidos-desaparecidos una tela blanca de 7 metros de largo con igual cantidad de marcas como de víctimas asesinadas por la dictadura hubieron; un total de 3197. Opté por agrupar las marcas en grupos de a cinco (4 verticales y 1 que las cruza), tal como se utiliza en las cárceles para contar el tiempo, pero a diferencia, la quinta raya estaba horizontal en vez de transversal, asemejando el conjunto a las cicatrices que los niños y niñas suelen dibujar en sus cuerpos a modo de juego. O mejor dicho… a la parodia de una cicatriz.

Generando un confronto entre “cicatriz” y “marca”, desnudé mi torso dejando expuestas mis propias cicatrices de operaciones o accidentes pasados. Pedí a una mujer presente en el lugar que las remarcara con un círculo de tinta negra y que escribiera a su lado, al tiempo que le iba dictando, “el motivo que la originó, su fecha y lugar de acontecimiento”. De esta manera, clasificando mis propias cicatrices, hacía presente mi historia pasada, tomando al accidente como recurso de historicidad y a la piel como registro biográfico.

Luego, esta misma mujer me ayudó a doblar la tela y, cargándola a modo de un “manto sagrado”, invité a las personas presentes a descender hasta la orilla del rio Mapocho que se encontraba unos metros más allá. Rio cargado de historias trágicas, que a modo de una herida abierta, divide y dividió la ciudad de Santiago de Chile en dos. Que noche a noche alberga bajo sus puentes a desclasados sociales y niños que aspiran pegamento. El Mapocho, como síntoma visible de un pueblo que niega y oculta sus conflictos pasados y presente. Que descarga en él sus grandes desagues cloacales vertiendo su “mierda” como si de una gran catarsis colectiva se tratase.

Y en sus aguas contaminadas, cargadas de historia, de memoria pasada y presente, sumergí la tela y las marcas inscriptas en ella. La refregué un rato, como queriendo cargarla de esa memoria, de esa historia; y luego, ayudado por uno de los presentes, la tela fue doblada y cargada nuevamente en mis brazos. En ese momento, la misma mujer que remarco mis cicatrices depositó sobre ella un ramo de claveles rojos, símbolo, para los Chilenos, del Partido Comunista y de la resistencia a la dictadura de Pinochet, y por extensión, utilizados en homenajes a las víctimas de dicha dictadura.

Antes de volver a subir hacia el memorial, uno de estos claveles fue ofrecido al rio y sus aguas.

Cabe mencionar, que tan negado está ese rio por la sociedad chilena, que no existía habilitado ningún acceso al mismo, motivo por el cual el recorrido se realizó por entre rocas y basurales. Al llegar nuevamente arriba, noté que tras de mí venía Malena Valdeavellano con su gran panza de casi 7 meses de embarazo. Quise ayudarle a subir la última roca y extendiéndole una mano al tiempo que sostenía la tela, tuve la impresión de que fuera la tela y por añadidura las victimas reflejadas en cada marca, quienes realmente la ayudaban a subir, a salir metafóricamente del rio. Tan fuerte fue la imagen, que repetí emocionado la acción con cada una de las personas que tras ella venían subiendo.

Ya de regreso en el memorial, repartí un clavel a cada una de las personas presentes convidándoles a dejarlos de ofrenda antes de iniciar la procesión de 20 cuadras hasta el Museo de la Memoria. Procesión que fue realizada atravesando calles y avenidas, fundiéndonos con el fluxo cotidiano de la ciudad dejando tras de nosotros un conocido y leve olor a descomposición.

Una vez llegado a dicho museo, cruzamos las rejas que lo separan de la calle y dirigiéndome hacia uno de sus dos grandes piletones exteriores, sumergí la tela mezclando simbólicamente dos aguas, dos historias, dos memorias. La del Mapocho -la del pueblo- sucia y contaminada, y la del museo -la oficial- limpia y cristalina. La una, apestando a su paso, la otra, desodorizada en su estancamiento.

Sucedió que mientras me encontraba en el proceso de sumergir una y otra vez la tela, se acercó un empleado de seguridad del Museo para indicarme que aquello no estaba permitido. Y como si creyeran que uno solo no fuera suficiente, dos más se acercaron para respaldar lo dicho por el primero. Entonces, volviendo nuevamente a plegarla y arrojando a esas aguas tres de los claveles, salimos del establecimiento. Caminamos por su acera bordeando las rejas y nos dirigimos hasta una parada de buses donde, con ayuda de varias personas, pudimos extender la tela a lo largo de sus 7 metros. De esta manera, de un lado de las rejas se encontraba la memoria museificada, estancada, encerrada, y del otro, la memoria viva, compartida, a la vista de todos. Y como los asientos del paradero de buses estaban hechos con una lámina de acero con múltiples orificios, fui insertando allí uno a uno los claveles, y convidando a los y las presentes a continuar la acción hasta que todo el paradero se convirtió en un hermoso jardín abierto, perdiendo así las marcas su sentido trágico. Ya no una historia muerta, sino una memoria viva, que a modo de metáfora, parecía ir creciendo por la ciudad, ocupándola, recuperándola; dándole color.

Retomando el tema desarrollado en anteriores Performances (“El Peso de la Historia”-Cusco, Perú, febrero de 2009-. “Si Yo Soy Vos, ¿Vos Quien Soy?”-Argentina, Ecuador, febrero de 2010) en donde planteaba acciones psicomágicas que restauren y restituyan hechos pasados traumáticos, y donde lo estético esté en función de lo ritual, sucedió que a medida que iba recorriendo la distancia que separa el Memorial hasta el Museo de la Memoria, una sucesión de imágenes fueron ocupando poco a poco mi mente al tiempo que miraba las marcas trazadas en la tela.  

Los días previos a la acción, había estado investigando al respecto de la dictadura de Pinochet en Chile. Tuve la oportunidad de conversar con varias personas, ver un documental e investigar por internet. Pero de todo ello lo que más me había impactado era el asesinato de estos 14 jóvenes antes mencionados. Especialmente dos de ellos; una joven de 14 años, embarazada al momento de su fusilamiento, y un joven de 16 años. De igual manera me conmovió mucho la frase dicha por el sacerdote Joan Alsina quien instantes antes de morir pide ver de frente a su verdugo para poder perdonarlo.

Me encontraba caminando en la procesión unos metros más adelante que los demás, cuando una serie de imágenes invadieron mi cabeza. Viendo las marcas en la tela, imaginé a esta niña de 14 años, asustada, en cuclillas contra la pared, sabiendo o suponiendo que la iban a matar. Tenía mucho miedo en su rostro. Recuerdo que sin poder evitarlo comencé a llorar. Las lágrimas caían por mi rostro mientras caminaba portando la tela entre mis brazos. Era tal la angustia!. A su lado estaba otro joven dos años más grande que ella, también muy asustado. Recuerdo que perdí la mirada entre las marcas, como yendo más allá del presente, como queriendo llegar a ese pasado, y les tomé de las manos. Se las apreté fuerte entre las mías. “Tranquilos, tranquilos, no están solos”, les decía. “Tengan fuerza, miren detrás mío. Estas personas también están con ustedes”. Y les sentí tan fuerte el miedo que más dolor me produjo. No podía hacer más que tomarles de las manos y tratar de calmarlos. Poco a poco lo fueron consiguiendo. La tela me pesaba mucho. Más pesada de lo que suponía a causa del agua en ella. Era como si ese peso fuera el peso de todas las víctimas marcadas allí. Varias veces tuve que detener mi marcha para bajar la tela en algún escalón y descansar los brazos. Varias veces volví a llorar. No podía evitarlo. Estaba sensible por demás. No suelo llorar a diario. Ni siquiera esporádicamente, pero esa vez era como si una gran angustia incontenible me invadiera.

Cuando sentí que la niña y el niño habían logrado tranquilizarse, tuve otra visión. Habían proyectado unos días antes y como parte del festival, un documental en donde hablaban sobre los fotógrafos que hicieron fotoperiodismo en tiempos de la dictadura. Uno de ellos, un joven de 18 años que se había exiliado años antes para salvar su vida, había retornado al país hacia fines de la dictadura, cuando ya se creía que nadie mas podía ser desaparecido. Pero al poco tiempo de regresar, y yendo a fotografiar una manifestación, fue detenido por la policía y sin que nadie lo notara, llevado hacia un callejón cercano donde fue prendido fuego. Su cuerpo apareció calcinado junto al de otra mujer.

Mientras caminaba, su imagen también vino a mi mente. Lo vi prendiéndose fuego. Su piel ardía. Entonces, sin pensarlo, lo abracé fuertemente como queriendo cubrirlo con mi cuerpo. Aislarlo de las llamas. “Relájate, relájate”- fue lo único que pude decirle- “es solo tu cuerpo. No vos. A vos no te pueden hacer nada. Son solo unos segundos. Ya todo va a pasar.” Sentía, al igual que con los dos jóvenes anteriores, que nada podía hacer mas que calmarlos. No podía salvarlos de su muerte ni modificar su destino, pero al menos podía darles una muerte en paz. Y quitarles a sus verdugos el poder que el terror ejercer sobre sus víctimas.

Entonces, en ese momento, recordé la frase del sacerdote. “Mátame de frente, porque quiero verte para darte el perdón”. Y me conmovió sobremanera. Creí comprender que víctimas y victimarios eran todo lo mismo. Como si los verdugos en cierta manera fueran también víctimas de su propia historia. Y les extendí la mano también a ellos. Y sentí como si dentro de mí ya no hubiera dolor. Uno a una veía como se iban tomando de la mano y poniendo de pie. La tela ya no me pesaba. Extrañamente estaba más liviana que cuando comencé el recorrido. Miré hacia ella y noté que mis manos ya no la cargaban. Más bien parecía como si la estuvieran abrazando. Era un simple cambio en la posición de los dedos. Muy sutil. Pero sentí que al abrazarla estaba abrazando también a todas y cada una de sus marcas. Me sentí ansioso por llegar. Sentía la ansiedad dentro mío; en las imágenes que veía. Ya todos y todas estaban de pie. “Falta poco. Ya llegamos” les decía. Y finalmente el agua. Las dos aguas se unieron. Y sentí que un poco de la historia, de esa historia, ocupaba un lugar en esa hermosa, limpia pero estancada memoria oficial. Y luego, cuando nos echaron de allí y nos dirigimos hacia el lado de afuera; cuando colgamos la tela y vi los orificios en la banca, comprendí todo. Como si realmente hacia allí era donde todo conducía. Donde las flores tenían su sentido de ser en la acción. Vi como las demás personas iban a su vez “plantándolas”, haciéndolas crecer del acero y tomé distancia. Me fui al medio de la avenida de dos direcciones que se encontraba frente al paradero; frente a nuestro memorial. Y allí, en medio de carros que iban y volvían por delante y por detrás de mí, no pude menos que sonreír con felicidad. Tan bella era esa imagen. Y tan efímera. Pero nada ni nadie nos la iba a poder quitar ya de nuestra memoria.