- Deseo Cero

Performance duracional de Santiago Cao.
Accionada ininterrumpidamente del 24 al 27 de Mayo de 2011.
“Encuentro Independiente de Performance (E.P.I.)”
Lota, Chile.
Bozal realizado por Deborah Dêgêlê en base a un diseño de Santiago Cao
Registros fotográficos por Mario Moreno Krauss, Héctor Marcelo Pavés, Gabriela Alonso y Pamela Arévalo.

Duración: 4 días.

(Para ver los registros fotográficos de esta Performance, hacer click sobre la foto)


Registro Narrativo:

Por versão em português, siga o link:  http://santiagocao.metzonimia.com/desejo-pt


“El acontecimiento iba más de prisa que el deseo”

Albert Camus. “La Peste”

 

Desear aquello que no se puede obtener. Querer obtener aquello que no se quiere desear.

Nuestra sociedad actual, consumista, devoradora y ávida de productos nuevos que llenen su vacío existencial, no deja tiempo al disfrute, al encuentro profundo con aquello que, antes deseado, ahora es poseído. Un nuevo producto genera un nuevo deseo que a su vez desplaza al producto anterior y por ende al anterior deseo.

¿Retardar su materialización sería una opción para retrasar el siguiente deseo? ¿Para encontrarnos en el presente?

Siendo invitado al “Encuentro Independiente de Performance (E.P.I.)” que se realizaría en la ciudad de Lota, al sur de Chile, me descubrí con deseos de conocer a las personas que allí participarían y de volver a ver a quienes ya tuve la oportunidad de conocer anteriormente. Tenía deseos de observar cómo estaban trabajando desde el cuerpo y de escuchar cómo pensaban. Tenía a su vez, deseos de compartir mi modo de pensar y hacer. De debatir sobre todo ello. Entonces, teniendo deseos, mi propuesta consistió en obstaculizar y retrasar su satisfacción.

Para ello diseñé un bozal de cuero ajustado al rostro que a la altura de la boca tenía una chapa de plata con una pequeña abertura en forma de “0”, la cual reducía mi boca a un simple orificio.

Durante los 4 días que durara la acción, acompañaría las performances deseando hablar sobre ellas, sin poder hacerlo. Me sentaría a la mesa viendo como los demás comían y deseando hacerlo, pero no pudiendo. Solo podría respirar y beber agua a través de ese orificio que antes era una boca. Anulada en su función de consumo, no tendría más opción que aprender a convivir con el deseo sin poder satisfacerlo. Aprender a reducirlo, a frustrarlo. Deseando, paradójicamente, el “Deseo Cero” para poder disfrutar del encuentro con lo que me rodea.

Pues bien, ese había sido mi planteo, que a modo de hipótesis, guiaría mi acción. Pero como dijo una vez un amigo, “las cosas nunca suceden como las planeamos… por suerte”

El martes 24 de junio a las 13 hs el avión llegó con puntualidad a la ciudad de Concepción y antes de salir del aeropuerto entré al baño y me puse el bozal. Así, impedido de comer, hablar o besar, me presenté ante ALPERoA, el organizador del evento, quien me esperaba fuera del aeropuerto.

Un transporte contratado para la ocasión nos llevó hacia Lota, pueblo próximo donde se estaba realizando el Encuentro Independiente de Performance. Lota era un antiguo pueblo de tradición minera hasta que en el año 1997, el gobierno chileno decidió cerrar las minas de carbón. Esta decisión dejó sin empleo a la mayoría de los hombres generando una gran crisis económica en la región. El 28 de febrero de 2010 la región se vio nuevamente afectada. Esta vez, un sismo de magnitud 8.8 grados en la Escala de Richter y un posterior Tsunami, que si bien no hizo epicentro en el pueblo, destruyó gran cantidad de viviendas y carreteras.

Tres cabañas en las afueras del pueblo serían nuestro temporario hogar. Allí nos hospedaríamos tanto los artistas invitados como las personas encargadas de tomar los registros. Me habían ubicado en la cabaña más tranquila. Allí estaban también uno de los fotógrafos del festival, su compañera y su pequeña hija de un año y medio de edad. A causa de la niña y la necesidad de silencio durante la noche, se había instalado en esa cabaña a las personas con menos deseos de barullo. O en su defecto, aquellas que como yo, no tuvieran más opción que guardar silencio.

Durante el almuerzo, mi llegada poco interrumpió el apetito de las personas. Luego de largos abrazos con los conocidos y apretones de manos con los recién presentados, los cubiertos volvieron a sonar en el acompasado movimiento que los llevaba del plato a la boca de su respectivo comensal. Durante la noche la situación fue distinta. La cena, realizada en una de las tres cabañas, era un festín de palabras. Las personas ya más relajadas luego de compartir todo el día, charlaban alegremente. Me senté en silencio a mirar. Tenía hambre. De la cocina salía un aroma delicioso. Pronto comenzaron a circular los platos de mano en mano. Cuando llegaban a mí, venían acompañados de una disculpa. Parecía que las personas se sentían, de cierta manera, incómodas de comer a mi lado. Alguien me preguntó si podía tomar aunque sea una sopa por medio de ese orificio. Respondí que no con la cabeza y seguí tomando mate. Ese sería mi acompañamiento fiel durante los 4 días. De hecho, al diseñar el orificio había calculado que por allí pasase una bombilla para poder beberlo.

Mario Moreno Krauss, uno de los fotógrafos y con quien compartía la cabaña, me miraba desde hacía rato. Se acercó y se sentó a mi lado. “Mi padre –comenzó diciendo- tenía un dicho. No hay mejor aliño (condimento) para una comida que el hambre”. Intentaba de esa manera darme ánimos para soportar la imposibilidad presente de comer mientras todos y todas los que me rodeaban lo hacían.

Al día siguiente el hambre fue aumentando. Las personas con las cuales compartía el festival me miraban con compasión y, extrañamente, guardaban silencio cuando lo hacían. Como si con su silencio pudieran acompañar el mío. Durante el almuerzo la incomodidad se sintió con más fuerza. Sentado entre ellos, ponía a prueba mi teoría sobre el hambre y el deseo. Pensaba que mientras no pudiera satisfacer las necesidades básicas de alimentación y comunicación, todos los demás deseos banales irían desapareciendo poco a poco, o al menos, perdiendo fuerza hasta ser casi imperceptibles. Sabía también, lo había comprobado en otras oportunidades, que en el caso del hambre, el deseo de comer iría los primeros días aumentando, llegando luego a un punto donde se estabilizaría, para finalmente, comenzar a decrecer. Mi cuerpo, acostumbrado a no comer, ya no se desesperaría. Como un gráfico de estadística donde la curva que asciende, llega hasta una meseta y luego desciende. Debía tener paciencia y esperar, al menos, a llegar a la meseta del deseo para no desear tanto.

Pero sabía también que mi presencia modificaría el estado de las personas más cercanas a lo largo de mi acción. ¿También en ellas se aplicaría la hipótesis de la curva del deseo?

Ese segundo día por la tarde acompañé a Lemu, un artista argentino, en los preparativos de su performance. Estábamos a la orilla del mar y mientras se cubría el torso con arcilla líquida o, como dijera él de manera tan bonita, “vistiéndose con la piel del lugar”, se nos acercaron dos muchachos de un grupo de cuatro adolescentes que estaban sentados un poco más allá. Respetuosamente preguntaron el porqué del bozal. Llevaban tiempo mirándonos pero hasta ese momento no se habían animado a preguntar. Lemu me miró como preguntando si les respondía por mí. Le devolví la mirada como pidiendo que no lo hiciera. Entonces él les preguntó que pensaban ellos que era.

Mi prima –dijo uno de ellos y señaló a la única mujer de ese grupo- piensa que es lo mismo que se les pone a los alcohólicos para que no beban cuando no pueden dejar de hacerlo

Nos miramos sorprendidos.

Yo creí que se lo había puesto porque no quería faltarle el respeto a alguien –respondió el otro”

Más tarde Gabriel Montero me diría lo mismo que me dijera Lemu…

Me cuesta mirarte a los ojos con el bozal puesto”. Lemu además había agregado “es como si te faltara algo”.

Por la noche me acosté temprano. Compartí un poco el espacio con las personas en una de las cabañas, pero mi humor no era muy bueno. Me dolían las orejas a causa de la presión que ejercía sobre ella una de las correas del bozal. Me dolía a su vez la cabeza y mi deseo de comer aun no llegaba a la meseta que había especulado llegaría.

A la madrugada me desperté sin poder volverme a dormir. Una angustia fuerte me sorprendió. La noche anterior me había sucedido lo mismo. Acostándome cansado, me despertaba durante la noche sin poder conciliar el sueño. Y esa soledad, en medio del cuarto compartido con otras personas que dormían profundamente, me angustiaba mucho. De día, acompañado de la gente, me podía dar el lujo de bromear sobre mi situación. Con la mirada y el movimiento de las manos, la comunicación, aunque torpe y muchas veces infructífera, permitía sobrellevar el paso del tiempo con humor. Pero en plena soledad de la noche, desesperándome, solo podía desear una cosa… volver a dormir; que el insomnio no me desvele. Que las horas no sean tan largas ni los minutos tan eternos.

Al tercer día, como cada mañana, Lemu me ajustó un poco más las correas del bozal. Como el cuero tiene la característica de ceder con el tiempo y mi cuerpo de acostumbrarse a las situaciones, al ajustarlas diariamente, resolvía ambos inconvenientes. Pero esa mañana me dijo que a la noche se había preocupado. Había visto que, mientras dormía, me movía mucho en mi cama. Vio que estiraba mis brazos como golpeando el aire frente a mí y que de a ratos mis manos se aferraban al bozal como queriéndolo arrancar. Muñoz Coloma, el teórico del festival, alojado en la misma cabaña y con quien bromeábamos a diario, me dijo que también se había preocupado. Que me escuchó con dificultades para respirar y que de a ratos parecía no poder hacerlo.

Ese tercer día transcurrió con calma. Había llegado finalmente a la tan ansiada meseta. Las personas parecían también estar ya acostumbradas a mi presencia y al bozal en mi rostro. Al menos ya me  miraban de frente. Ese día recibí, como recibía cada mañana, varios abrazos cariñosos y la pregunta sobre mi estado -“¿Estás bien?”-

Durante el almuerzo me senté en una mesa aparte. Físicamente próximo pero emocionalmente distante, no sentía ya deseos de comer. Podía incluso ver la comida sin desearla. Los pronósticos se iban cumpliendo. La curva de estadística marcaba un descenso del deseo. Solo mis orejas seguían doliendo mucho. Y con respecto a ello no había nada que pudiera hacer. Solo aceptar el dolor.

Se me había vuelto natural el no hablar con palabras. Incluso con Mario habíamos llegado a tener extrañas conversaciones en esos días. A él le gustaba hablar y yo había descubierto el placer por escuchar. Además tenía una actitud muy paternal hacia mí, con lo cual me sentía contenido emocionalmente a su lado. Mario al ser uno de los fotógrafos del festival, me había propuesto algo interesante. Además de registrarme en situaciones cotidianas, tomaría una foto por día de mi rostro. Cuatro retratos que mostraran, de manera sintética, el cambio físico y emocional que iba sufriendo.

Por la noche, no solo carecí de deseos de comer; también de relacionarme con las personas. Estaba cansado. No solo físicamente. También estaba agotado emocionalmente. Sabía que a la mañana siguiente daría una charla y que durante la misma me quitaría el bozal, dando por terminada la acción. Que luego podría volver a comer. Pero aun así, en ese presente, mi estado no era de expectativa. Parecía, más precisamente, un lento andar. Un lento y tedioso andar. Me fui a dormir esperando que el tiempo transcurriese más rápido.

Esa vez tampoco fue la excepción. Me volví a despertar, como cada noche, rodeado de personas profundamente dormidas. Intenté calmarme. Había algo que me inquietaba más que la soledad de la máscara y era el tener que hablar al día siguiente. Nunca tuve problemas para hablar en público, pero esta vez sentía que luego de 4 días con la máscara puesta, el hecho de quitármela y comenzar a hablar sería un acto muy violento para mí persona. No estaba seguro de poder hacerlo y menos aun, de desearlo. Me puse, en pleno insomnio, a buscar alternativas.

A la mañana siguiente las correas nuevamente ajustadas me producían un gran dolor en la cabeza. La presión sobre mi rostro era mucha y sentía como la sangre latía en los pómulos. Pero era mí último dolor con el bozal. En cierta manera era un dolor, que ya familiar, se estaba despidiendo de mi cuerpo.

Hacia el medio día, en el salón donde cada mañana algún artista presentaba y hablaba de su trabajo, me llegó el turno de hacer lo propio. Había mucha gente. Además de quienes formábamos parte del festival, la sala estaba colmada de estudiantes.

Como había visto durante mi desvelo de la noche anterior (muchas veces una compleja idea surge a raíz de una sola imagen), preparé una mesa pequeña a un lado de la pantalla donde iría a proyectar las imágenes. Me senté allí con mi computador conectado al cañón de proyección y abrí el procesador de texto Word. Comencé a escribir al tiempo que esto era proyectado sobre la gran pantalla. Paradójicamente, era una charla sin palabras habladas. A medida que escribía, interactuaba con la gente haciéndoles preguntas y levantando la vista para escuchar sus respuestas, o haciendo algún comentario gracioso seguido de un “Jajaja” lo cual producía risas entre las personas. Cada tanto proyectaba algunas imágenes para ejemplificar lo escrito.

Di comienzo a la charla con la intención de hablar inicialmente sobre la investigación que viene ocupando mi interés en los últimos años; La duración temporal en las acciones corporales y lo que acontece a lo largo del tiempo con el cuerpo del que acciona y con la percepción, tanto del mismo, como de quienes observan dicha acción. Pero a mitad de la charla sucedió algo que cambió todo, que resignificó la obra. O mejor dicho, que me permitió comprenderla realmente.

Habiendo comentado dos trabajos anteriores  (“Pes(o)soa de Carne e Osso” y “No Quiero Ver Mi Realidad”), me puse a escribir sobre la acción que estaba aconteciendo en ese momento. Y a medida que fui hablando de ella, razonándola en plena acción, al leer mis palabras fui comprendiendo el contexto donde habíamos estado viviendo los últimos cuatro días.

En un pueblo que pasó varias experiencias de hambre, el Deseo Cero y el consumo pasaban a segundo plano. Allí estuve hablando, sin saberlo hasta ese mismo instante, del hambre. O mejor dicho, de la naturalización del hambre y de las personas que lo padecen.

Copio a continuación un fragmento de lo que escribí en ese entonces

 

(nota: lo escrito en letra minúscula y cursiva son aclaraciones que hago ahora sobre comentarios o interacciones que hicieron las personas presentes mientras yo estaba dando la charla escrita)

 

“(…) CUANDO LLEGUÉ A LOTA, SALI DEL AEROPUERTO CON EL BOZAL PUESTO.

ESTO QUIERE DECIR, QUE NADIE ME VIO EL ROSTRO SIN EL Y POR ENDE QUE LLEVO DESDE EL MARTES SIN COMER.

RECUERDO QUE AL COMIENZO LAS PERSONAS QUE ME RODEABAN NO ME MIRABAN A LOS OJOS, Y EN LA CALLE TAMPOCO.

SOLO ME MIRABAN CUANDO YO NO LOS MIRABA.

AHORA YA TODOS ME MIRAN.

INCLUSO YA COMEN AL LADO MIO SIN SENTIR TANTA CULPA.

(se escuchan risas de algunas personas)

SE RIEN, PERO ESTE ES UN DETALLE PREOCUPANTE

¿SABEN PORQUE SUCEDE ESTO?

PORQUE HAN NATURALIZADO MI SITUACION

DE IGUAL MODO QUE NATURALIZAMOS A DIARIO EL HAMBRE EN QUIENES VEMOS SUFRIRLO

YA NO NOS QUITA EL HAMBRE VER A QUIEN NO TIENE QUE COMER

INCLUSO COMEMOS AL LADO DE EL Y NOS MOLESTAMOS SI TIENE LA OSADÍA DE PEDIRNOS DINERO MIENTRAS ESTAMOS SENTADOS EN UN BAR O UN RESTAURANTE

YO LLEVO 4 DIAS SIN COMER

YA NO TENGO HAMBRE

MI CUERPO SE ADAPTÓ BASTANTE BIEN

¿Y USTEDES?

(se escucha a algunas personas en el fondo decir que no)

¿QUIENES DICEN NO?

LEVANTEN LA MANO POR FAVOR

(observo que quienes levantan la mano han sido los estudiantes)

SON JUSTAMENTE QUIENES NO HAN CONVIVIDO CONMIGO ESTOS DIAS

(Gabriela Alonso, sentada en primera fila, dice que ella tampoco se adaptó a verme con el bozal)

VOS COMISTE IGUAL

CLARO

Y TODOS ESTAN ESPERANDO QUE ME QUITE EL BOZAL PARA QUEDARSE TRANQUILOS Y VOLVER A COMER SIN CULPA

PREGUNTO ENTONCES…

¿CUANDO LOS DEMÁS, LOS QUE NO PUEDEN COMER, AUN SIN BOZAL EN LA BOCA, VAN A PODER HACERLO?”

 

 

Mis dedos escribían solos. Las palabras fluían. Pero sentí en ese instante la necesidad de acercarme a los demás. Me levanté y comencé a recorrer la sala. Tomé las manos de dos personas sentadas al frente y las guié hacia mi bozal para que lo acariciaran. Que sintieran la textura del cuero, la tensión de las correas apretando mi rostro. Llevé sus dedos hacia el orificio en forma de “0”. Les hice recorrer su contorno minúsculo. Tomé sus manos y las llevé a mi estómago. Las puse sobre él unos instantes. Sentí la necesidad de hacer lo mismo con el resto. Seguí caminando entre las personas. La sala estaba a obscuras. En la pantalla se proyectaban automáticamente, una y otra vez, las cuatro fotos que Mario había tomado. Una por cada día, y la última, esa misma mañana. Cuatro fotos que se sucedían una tras otra mientras yo recorría la sala, tomando una mano tras otra para que sintieran el cuero sobre mi rostro. Para que vieran mis ojos de cerca. Para poder yo mismo ver sus ojos de cerca. No sé cuantos minutos estuve así, recorriendo el espacio, tomando las manos, relacionándome en silencio con las personas. Solo sé que al regresar al frente, algo había cambiado. El silencio que había acompañado toda la charla ahora era más fuerte. Busqué de entre los presentes a dos de los artistas que participaban del festival; Anibal Sandoval y Gustavo Solar. Durante la noche anterior había pensado que quería que el acto de sacarme la máscara fuera realizado con la mayor suavidad posible. Había tenido el placer de conocer a estas dos personas en un festival anterior en Buenos Aires, y tanto allí como en los días ahora compartidos, percibí en ellos una suavidad, un cuidado hacia el Otro, que me hizo comprender que precisaba de su amor para salir de esa máscara. Y mientras ellos aflojaban las correas, sin poder evitarlo, me quebré emocionalmente. Las lágrimas comenzaron a caer por mis ojos. Intenté hablar, ya sin el bozal, pero no podía. No sabía cómo hacerlo. No solo por la emoción. Era como si hubiera olvidado cómo hacerlo. El aire no salía por mi garganta ni producía palabras. Solo un ronco sonido. Me arrodillé y metí mi cabeza dentro del agua fría que había colocado en un recipiente. Me mojé el rostro, el pelo. Me dolía mucho la cabeza. Mucho más ahora que antes de quitarme el bozal. Me volví hacia el computador para escribir, pero me detuve a mitad de camino. Ya sin máscara, me tocaba hablar. Eran las reglas del juego. Giré mi cuerpo y mirando de frente a las personas, comencé a decir lentamente…

-“me dijeron que no hay mejor aliño para una comida que el hambre. pero el hambre nunca puede ser aliño ni acompañamiento de nada. Hemos naturalizado el hambre. Yo mismo lo he hecho desde esta acción. ¿Y ustedes? ¿Porque lo hicieron? Ustedes, más que nadie, saben lo que es pasar hambre. Han pasado hambre luego de que el gobierno les cerrara las minas hace 14 años. Han vuelto a pasar hambre luego del terremoto hace poco más de un año. Ustedes que tanto han aprendido del hambre… ¿Por qué lo naturalizan? No podemos aceptarlo. No podemos permitir que sigan existiendo a nuestro lado personas con bozal y personas sin bozal, pasando hambre.”

En ese momento ya no pude contener más las lágrimas. Gabi Alonso se levantó y me abrazó fuertemente. Con toda su ternura y el amor que tiene, me abrazó. Me abrazaron luego, uno a uno, muchas personas más. La sala se fue vaciando en silencio. Las personas salían lentamente. Cuando ya casi no quedaba más nadie allí se me acercó una muchacha de unos 17 años. Me miró, guardando distancia de unos metros. Le extendí la mano. Nos abrazamos y entre sollozos me dijo “yo sé porque aceptamos que esas personas pasen hambre. Porque no las vemos como personas. Pero ellas también son personas y tienen derecho a comer”. Y luego se fue por la puerta sin saber siquiera quien era.

Me puse a desmontar lo utilizado durante la charla. Estaba en ello cuando Mario entró nuevamente a la sala. Venía casi como arrastrando a Cesia, su compañera. Escuché que le dijo algo así como “vé, díselo”. No comprendí a que se refería. Me acerqué a ella. Nos abrazamos. Mario nos dejó solos. Ella comenzó a llorar fuertemente. Su cuerpo se sacudía por el llanto. No comprendí el porqué, pero la abracé en silencio. No dijimos palabra alguna. Solo nos quedamos así hasta que se calmó. Luego salimos, también en silencio, a reunirnos con el resto de los integrantes del festival que nos esperaban en la puerta.

Esa noche, última noche, hubo fiesta. Mucha comida y mucho alcohol. Hacia la madrugada solo quedábamos 5 personas de pié. Cesia y yo éramos dos de ellas. De regreso hacia la cabaña, antes de entrar, le pregunté. “¿Me vas a contar ahora porque lloraste tanto luego de la charla?”. Nos sentamos. Me contó que un año atrás, cuando sucedió lo del terremoto, Pascale, su hija, tenía solo 3 meses de edad. Fue tan impresionante lo vivido durante y después del mismo, que por causa del stress sus pechos dejaron de producir leche. No se conseguía fácilmente leche en polvo y el agua potable era casi imposible de hallar. Pascale lloraba de noche, el hambre no la dejaba dormir. Ella veía como su hija pasaba hambre y sus pechos no podían alimentarla. Tuvo mucho miedo de que muriese por ello.

Escuché la historia en silencio, viendo como lloraba al contarla. Sentí todo su dolor. Finalmente me dijo… “y yo te veía todos estos días y pensaba, “está pasando hambre como pasó hambre mi Pascale”, y tampoco pude hacer nada para evitarlo.”

Nos abrazamos. Cesia se fue a acostar junto a Mario y Pascale. Yo entré en el cuarto donde dormían profundamente mis compañeros de habitación. Me acosté pensando si el arte justifica los medios de reflexión. Más de un mes después, escribiendo ahora este texto, me sigo preguntando lo mismo. Aun no tengo respuestas.