- Márgenes y (peri)ferias

Performance duracional de Santiago Cao. 
Accionada ininterrumpidamente del 26 al 28 de noviembre de 2015. 
En el marco de la 10º Bienal del MERCOSUR.
Invitado a participar como artista representante de Argentina. Porto Alegre, Brasil.
Registros fotográficos tomados por Marcelo Armani y Tárlis Schneider.

Duración: 3 días
(Para ver los registros fotográficos de esta Performance, hacer click sobre la foto)



Registro Narrativo:

Por versão em português, siga o link...  http://santiagocao.metzonimia.com/margenes-pt


Acción duracional que procuró generar cuestionamientos al respecto de lo Público, entendiéndolo en una doble vertiente del término, tanto en el sentido de Institución Pública como también en referencia a las personas que -siendo llamadas de público- asisten a presenciar obras en museos y galerías de Arte. En tiempos en los cuales muchos de los artistas de Performance se encuentran debatiendo la necesidad de procurar “nuevos públicos”, esta propuesta pretendió también provocar cuestionamientos sobre las muchas personas que -tanto en los discursos como en las prácticas artísticas- son a diario mantenidas por fuera de estos espacios.


Cuando fui invitado para participar de la 10ª Bienal del Mercosur, pensé en si sería posible aprovechar esta oportunidad para generar una pregunta desde dentro mismo de ese dispositivo del Arte. Una acción duracional que procurase generar cuestionamientos al respecto de lo Público, entendiéndolo en una doble vertiente del término, tanto en el sentido de Institución Pública como también en referencia a las personas que -siendo llamadas de público- asisten a presenciar obras en museos y galerías de Arte. En tiempos en los cuales muchos de los artistas de Performance se encuentran debatiendo la necesidad de procurar “nuevos públicos”, esta propuesta pretendía también provocar cuestionamientos sobre las muchas personas que -tanto en los discursos como en las prácticas artísticas- son a diario mantenidas por fuera de estos espacios.

Con este propósito, envié para la Bienal un proyecto-mascarada, una fachada que pudiera ser aceptada por los Curadores, al tiempo que intentaría hacer algo diferente durante los días que durara la Performance duracional. Sólo una persona dentro de la Bienal sabría mi verdadera intención y esta persona sería al mismo tiempo compañera y productora de la Performance. Se lo propuse y aceptó. Le pedí únicamente que guardara el secreto y que no le contara a nadie dentro de la Bienal pues quería activar –a través de esta Institución del Arte- el dispositivo de exclusión de lo Público en la más amplia y normatizadora cotidianeidad posible. Dispositivo que no opera sólo en estos espacios del Arte y que abarca a la mayoría de las instituciones públicas.

El texto del proyecto presentado oficialmente a la Bienal fue el siguiente:

Basándose en el Cuerpo como soporte de obra, pero también como soporte de experiencia colectiva, la Performance “Márgenes y (peri)Ferias” se propone reflexionar al respecto de los cuatro vectores de la 10ª Bienal del Mercosur, siendo tomados como referencia teórica y conceptual del primer Campo Conceptual “Jornada de la Adversidad: Precariedad, Dificultad, Resistencia y Generosidad Creativa”. Caben las preguntas al respecto de estos vectores: ¿Cuál es el sentido de inclusión propuesto en ellos y quienes son tenidos en consideración a la hora de pensar en estos conceptos de Precariedad, Dificultad, Resistencia y Generosidad Creativa? Y aún más, ¿Quiénes son los que continúan sin ser contemplados en estos pensamientos dentro del campo de las Artes? ¿Es posible pensar en márgenes y periferias sin pensar en las resistencias cotidianas Cuerpo a Cuerpo, en las asociaciones y colaboraciones, y en la potencia creativa de los afectos? En nuestras sociedades latinoamericanas, cada día más atravesadas por el miedo al otro, la alteridad se está convirtiendo poco a poco en un concepto cada vez más abstracto. ¿Como in-corporar la cuestión del otro -visto como amenazante de los valores sociales hegemónicos y de las pertenencias materiales- en un contexto de Bienal que pretende reflexionar al respecto de la experiencia artística y de los procesos de urbanización, tomando a la ciudad de Porto Alegre como referencia y punto de partida? ¿Cómo in-corporar esos otros que habitan esas márgenes sin poder habitar las (peri)Ferias de Arte? En una deriva de tres días de duración continua, me predispongo a encontrarme con las personas que trayecto por los “márgenes” me presente. Tres días para contaminarme de experiencias que me brinden las herramientas necesarias para in-corporar historias y afectos que puedan ser llevados para dentro del espacio institucional de la Bienal en un formato de Performance. Tres días en el intento de crear un puente relacional entre el “adentro” y el “afuera”, donde las Resistencias parecieran convertirse en una adversidad en común.
Itinerario propuesto para la acción: Comienzo de la deriva el día jueves 26/11, continuando sin interrupciones hasta la presentación de la Performance dentro del MARGS (Museo de Arte de Río Grande del Sur) el sábado 28/11 a partir de las 15 hs.

Pero la propuesta que pretendía hacer sería otra. Vistiendo ropas viejas y rasgadas, y con mis pies descalzos, me propuse habitar la calle, in-corporarla durante tres días consecutivos en una deriva sin rumbo por las márgenes y proximidades de los edificios que exponían las obras de la Bienal. Durmiendo donde podía y comiendo lo que las personas me ofrecieron sin que les pidiera nada, intenté hacer algo más que “caracterizarme” como alguien que vive en la calle; procuré que esa experiencia me contaminara afectando mi cuerpo, y que el cansancio y el hambre habilitaran la aparición de otros gestos que se hicieran presentes a través de mi Cuerpo. Gestos otros que por su vez pudieran afectar los saberes de los Cuerpos que estarían trabajando como personal de seguridad del MARGS (Museo de Arte de Rio Grande do Sul) el día estipulado “oficialmente” para presentar allí dentro una Performance. Ese día intentaría ingresar sin identificarme como Artista convidado por la Bienal, procurando habitar otra corporalidad. In-corporar una imagen más próxima de aquellos otros que día a día duermen en las calles y en la plaza frente al Museo, y más distante de los habituales Cuerpos que transitan diariamente los espacios del Arte. ¿Qué podría suceder en un edificio público cuando uno de esos “otros” Cuerpos no habituales intentasen ingresar? ¿Qué podría evidenciar, en tanto artista, si no me presentara como tal? ¿Conseguiría ingresar en el horario estipulado por la Bienal para realizar una Performance dentro? ¿O sería frenado en la puerta, impedido de entrar, generándose de este modo una ausencia delante del compromiso asumido? ¿Cuántas otras tantas ausencias son diariamente generadas y cuantas personas son mantenidas en las márgenes de los edificios públicos por no encajar(se) en los modos “correctos” de vestir y vivir en las ciudades? Si el Cuerpo del Artista puede estar presente… ¿Qué puede un Cuerpo cuando puede-no? 

El jueves 26/11, poco antes de salir del hotel para habitar la calle y afectarme por ella, miré el site en internet de la Bienal para poder publicar y divulgar las informaciones al respecto del día y horario en el cual supuestamente iría a presentar una Performance en el MARGS. Y entre las noticias allí publicadas, me encontré con este trecho:

La propuesta del performer es incorporar, durante tres días, la rutina y las historias de personas que están al margen de la sociedad en general, como, por ejemplo, son las personas en situación de calle que habitan los entornos de los espacios expositivos de la Plaza de la Alfándega, para, el sábado, llevar esas vivencias para las exposiciones de la Bienal, actuando él mismo como alguien que estuvo excluido o que vivió en las calles.

¡La única persona dentro de la Bienal que sabía lo que me proponía hacer, le había contado a alguien más y ahora la propuesta estaba siendo no sólo de conocimiento de la Bienal como también de conocimiento público! ¿Cómo hacer para no ser capturado por el dispositivo de espectacularización, ahora que las personas estarían esperando que llegara “actuando como alguien que estuvo excluido o que vivió en las calles?”.

Decidí continuar con la propuesta. Ir a la calle, habitarla y dejarme contaminar por ella, con la esperanza que en el transcurrir de los días se me ocurriera alguna posible táctica que me permitiera provocar alguna situación no espectacularizable al intentar ingresar al Museo.

Me vestí y colgué de mi cuello un bolígrafo-espía. Una pequeña cámara filmadora escondida en un bolígrafo al cual cubrí con retazos de paño blanco, dejando expuesto únicamente la pequeña lente y generando una apariencia similar a la de un extraño y alargado amuleto. Con esa cámara escondida pretendía filmar lo que aconteciera cuando intentase ingresar al Museo, guardando con ello un registro de lo sucedido.

Llevé conmigo una bolsa de plástico verde, cargando dentro de ella una manta, una pequeña botella con agua y unas sandalias (por si mis pies descalzos sufrieran alguna herida grande y precisara de ellas). También llevé conmigo un teléfono celular que la productora me había dado para que en caso que fuera necesario encontrarnos, poder comunicarnos a través de mensajes de textos. Decidí no llevar dinero ni documentos conmigo, evitando de este modo caer en soluciones fáciles en caso de que sucediera algún problema con la policía o que me diera hambre.

Esa primera noche, al no saber ni cómo ni donde dormir, me dediqué gran parte del tiempo a caminar. Intenté observar a las otras personas para entender como hacían para dormir; cuáles eran sus gestos corporales, en el intento de poder imitarlas, creyendo que con ello podría pasar desapercibido durante la noche. Tenía miedo que alguien sospechara que no era una persona en situación de calle y me agrediera. O, al contrario, ser agredido por la policía al creer que yo era una de las tantas personas en esa situación, pues ya me habían informado algunos amigos que en esa ciudad, tales prácticas de violencia policial no eran nada extrañas. Después de caminar a la deriva durante varias horas, y viendo que estaba por llover, escogí dormir en una acera de una avenida, en el Centro Histórico, al abrigo del techo de un edificio de oficinas. Coloqué la manta en el suelo y me cubrí con ella para protegerme del frio. La bolsa debajo de mi cabeza sirvió de almohada. Estaba frío y cada ruido que escuchaba me despertaba. Finalmente, y tras algunas horas de intentarlo, conseguí dormir profundamente. Sólo abrí los ojos nuevamente cuando las puertas del edificio se abrieron y las primeras personas comenzaron a entrar. Recogí mis pertenencias y me desplacé hasta la esquina. Me senté en el suelo, mirando a las personas pasar. Una joven que trabajaba en el edificio de oficinas al otro lado de la calle, se aproximó y me dijo:

- ¿Aceptaría un pan de queso?

Lo acepté y vi como ella volvía a atravesar la calle, regresando a su trabajo. Comí con placer aquel pan y luego decidí ponerme a caminar. Aún tenía que resolver qué haría al día siguiente cuando intentara ingresar al Museo a las 15 hs. Caminé un poco hasta percibir que estaba yendo en dirección a la Usina del Gasómetro, uno de los edificios donde funcionaba la Bienal. La productora me había dicho que de todos los edificios empleado para exponer las obras, aquel era el más abierto a la población en general, y que, según su impresión, “hasta habitantes de la calle podrían entrar”. Decidí poner a prueba lo dicho por ella y hacia allí me dirigí. Tenía una sensación extraña en mi cuerpo. El cabello sobre el rostro me producía un peso al caminar. Como si todo mi cuerpo pesara mucho. Difícil de explicar el porqué, pero aquella sensación me hacía caminar muy lentamente. Y sumado al hecho de que no tenía ninguna prisa, demoré mucho en desplazarme. Para cuando llegué, aún era temprano, y si bien el Centro Cultural estaba abierto, pocas personas se encontraban dentro visitando las exposiciones. Apenas ingresé, un empleado de seguridad llegó hasta mí y con mucha amabilidad me indicó que no estaba permitido estar allí sin calzado y que por ese motivo tendría que retirarme. Sin responderle nada, comencé a rascarme la cabeza mirando para otro lado. Di media vuelta y salí del lugar. Y fue en ese momento cuando entendí lo que habría de hacer. Si la Bienal sabía de mis intenciones de ingresar al Museo, esperaría que lo hiciera recién al día siguiente y no ese día, con lo cual podría aprovechar para dedicarme en las siguientes horas a ingresar a cada uno de los edificios donde se exponían las obras, filmando con la cámara escondida lo que pudiera suceder en cada intento.

Encendí la cámara y regresé a la Usina. Entré caminando lentamente garantizando que los empleados de seguridad me vieran y tuvieran tiempo de reaccionar. Pero en ese momento un gran grupo de jóvenes escolares comenzaron a ingresar y los guardias, aun viéndome, mantuvieron la distancia. Sólo se aproximaron una vez que no quedó más nadie que ellos y yo en aquella sala. Me hablaron con mucha gentileza en su tono de voz.

- Vaya para fuera. Está sin calzado –me dijo uno de ellos. Opté por repetir el gesto de la vez pasada y mirando hacia otro lado, comencé a rascarme la cabeza sin emitir palabra alguna.

- ¿Tiene hambre? ¿Es eso? ¿Quiere algo de comer? –me preguntó mientras yo continuaba en silencio, rascándome sin mirarle.

- Nosotros no podemos dejarte entrar así, ¿comprende? Está sin calzado.

Di media vuelta y lentamente me retiré del lugar. Ellos dos continuaron dentro. No hubo necesidad de que me acompañaran hasta la puerta.

Entendí que la falta de calzado podría ser un recurso a mi favor a la hora de intentar provocar alguna situación al entrar en los distintos edificios que recibía las muestras de la Bienal. Pero en el transcurso del día, también fui comprendiendo que esa falta de calzado afectaba a las personas con las cuales me cruzaba por la ciudad. Y percibí también que cada persona en situación de calle que veía, tenía calzado. Algo, en mis pies expuestos estaba marcando una diferencia, y esa diferencia, lejos de apartar de mí a las personas, las aproximaba.

Al pasar cercar de la avenida donde dormí, un hombre vestido con saco y corbata se me aproximo y sin yo decirle nada, me ofreció una bolsa que contenía panes.

Continué caminando en dirección a la Plaza de la Alfándega, pues en frente a ella se encontraban tres inmensos edificios donde también se exponían obras participantes de la Bienal: El Museo de Arte de Río Grande del Sur (MARGS), el Memorial del Río Grande del Sur, y Santander Cultural; los dos primeros, edificios públicos, y el tercero, privado, propiedad del banco que lleva el mismo nombre.

Al llegar a la plaza, un hombre que se encontraba sentado en uno de los bancos, comiendo y bebiendo un refresco, levantó su vista y al verme se puso de pie y caminó hasta mí. Me ofreció su comida y bebida y se alejó, desapareciendo de mi vista. Sin pedir nada a nadie, estaba recibiendo. Y no fueron esas las únicas personas que en el transcurrir del día me ofrecieron de comer.

Permanecí un tiempo sentado en uno de los bancos en aquella plaza, frente al MARGS y mirándolo. Una pequeña puerta de entrada contrastaba con la gran e imponente arquitectura, generando una sensación de poca apertura hacia el exterior. Y el hecho de que aquella puerta permaneciera todo el tiempo cerrada, abriéndose únicamente cuando alguien entraba o salía del edificio, fortalecía esa impresión. Encendí nuevamente la cámara escondida e intenté ingresar al Museo. Ni bien empujé la puerta, un guardia de seguridad apareció frente a mí, bloqueando el acceso. Mirando en dirección a mis pies descalzos, preguntó:

- ¿Si?

Pero como no respondí nada, comenzó a intentar verme a los ojos a través del cabello que cubría gran parte de mi rostro. No se movió del lugar. Tampoco yo. Volvió a preguntar:

- ¿Si?

Pero como permanecí en silencio, rascándome la cabeza, optó por hacerse a un lado, dejándome pasar. Al menos unos pocos metros. La puerta se cerró detrás de mí. Avancé un poco más, en dirección hacia la escalera que conducía a las salas de exposiciones, y cuando estaba por poner el pie en el primer escalón, nuevamente se colocó frente a mí, bloqueándome el paso. Volvió a preguntarme:

- ¿Si? ¿Usted quiere hablar con alguien? –pero como no respondí nada, volvió a preguntar¬– ¿Usted quiere hablar con alguien? ¿Quiere utilizar al baño?

Respondí en silencio, negando con un movimiento de cabeza al tiempo que volvía a rascármela mirando hacia el suelo.

- Entonces, señor, tiene que retirarse. Quedarse en la plaza, allí –dijo con un tono muy amable.

Dirigí mi vista hacia la escalera, pero anticipando mi intención, dijo:

- Señor, tiene que sentarse en la plaza, aguardar allí, ¿si? Tiene que esperar allí fuera –Y me acompañó hasta la salida, abriendo la puerta al tiempo que otra persona, visitante del museo, ingresaba.

Salí y me puse a caminar lentamente en dirección al Santander Cultural. Al llegar pude ver que habían montado una instalación navideña frente a la entrada. Un gran árbol de plástico decorado con adornos color rojo. Al pie del mismo, en el suelo, muchas cajas con moños, simulando regalos. Al lado de la inmensa puerta abierta, un cartel de la Bienal cuyo título indicaba: “Mensajes de una Nueva América”. Entrando en el edificio, una gran escalinata conducía hacia un descanso en lo alto, y desde allí, otra escalinata se elevaba. Comencé a subir. A los lados, aguardando y conversando entre ellos, había varios jóvenes que trabajaban como Mediadores en la Bienal, recibiendo a las personas y guiándolas a través de las exposiciones. Ninguno de ellos vino a recibirme ni me dirigió la palabra. Quién llegó hasta mí fue un guardia de seguridad, vestido con un traje obscuro.

- Buenos días, ¿puedo ayudarle? –me preguntó.

Al igual que como lo había hecho al intentar ingresar en los anteriores edificios, guardé silencio mientras rascaba mi cabeza y miraba hacia el suelo. Quería ver que sucedería si no había argumentos de mi parte. Aguardé unos segundos y luego hice un gesto con mi cuerpo en dirección a lo alto de la escalera. Continué caminando y el guardia no me lo impidió. Ya estaba en el segundo tramo de la escalinata. Subía lentamente con él siguiéndome de cerca. Le escuchaba comunicarse con alguna otra persona, diciéndole a través de un pequeño aparato de comunicación que tenía en oreja:

- Él está subiendo, continúa subiendo.

Cuando llegué al final de la escalera, y antes de atravesar la puerta que conduciría a las salas de exposición, se colocó frente a mí y bloqueando el paso volvió a preguntarme si podía ayudarme. No respondí y nuevamente miré hacia el suelo mientras me rascaba la cabeza.

- No está permitido, no puede ingresar en el establecimiento –dijo.

Miré en dirección a la puerta de ingreso al salón principal, pero él me indicó la otra puerta, la de salida, diciendo “tiene que ser por allí, tiene que salir por la puerta”, al tiempo que con su cuerpo guiaba el mío. Comencé a descender los escalones, y al igual que como sucedió durante la subida, los mediadores continuaron conversando entre ellos y recibiendo a las personas sin aproximárseme.

Una vez fuera, me dirigí hacia el edificio vecino, el último de los tres edificios que, ubicados frente a la Plaza de la Alfándega, recibían las obras de la Bienal: El Memorial del Rio Grande del Sur. El mismo lugar al cual, dos días antes, había ingresado acompañado de una de las productoras para conversar con las personas encargadas de la Prensa de la Bienal. Un edificio antiguo con una puerta grande y abierta que conducía hacia una gran escalinata. Subiendo por ella, se llegaba a un mostrador de recepción ubicado al lado de la puerta de ingreso al salón de exposiciones. Mientras subía, y antes de llegar a lo alto, vi que en ese mostrador se encontraba una de las mediadoras. Ella también me vio. Se retiró con prisa del lugar y atravesando la puerta ingresó al salón. Poco después, por esa misma puerta, apareció un guardia. La mediadora se asomó por detrás de él.

- Aquí usted no va a entrar, amigo, por favor, por favor –me dijo aquel hombre, extendiendo su brazo y colocándolo en mi espalda al tiempo que empujándome suavemente fue girando mi cuerpo hasta orientarlo en dirección a la salida. Giré nuevamente pero en sentido contrario al indicado por él, y en silencio apunté con mi dedo índice hacia un gran cartel de la Bienal que informaba: “Mensajes de una Nueva América”. Y escrito en letras de tamaño menor, el nombre de la exposición que se encontraba allí dentro: “Biografía de la Vida Urbana”. El guarda me golpeó en el pecho con la palma de su mano y empujándome nuevamente me llevó hasta la escalinata. Comencé a descender y salí. Nuevamente en la Plaza de la Alfándega, nuevamente “fuera” de la Bienal.

Busqué un banco y me recosté. Dormí unas horas. Entendí que había concluido con la Performance pues mi intención no era referirme a las personas que viven en situación de calle, sino poder activar uno de los dispositivos de exclusión, intentando con ello tensionar el concepto mismo de lo “Público” en un arte que pretende abrirse a nuevos “públicos”. Pero, como tengo la convicción que un cuerpo afectado puede expresar otra cosa, diferente de lo que puede un cuerpo “caracterizado” o disfrazado, decidí vivenciar la calle un día más. De este modo, con el cuerpo afectado, al día siguiente intentaría ingresar en el Museo para –habiendo in-corporado esa experiencia– poder afectar al personal de seguridad, activando en ellos el imaginario entorno de lo que puede y no puede hacer una persona que vive en situación de calle.

Busqué dentro de la bolsa el teléfono celular y envié un mensaje para la productora, pidiéndole encontrarnos en un punto distante algunas cuadras de aquella plaza. Una hora después ella llegó. Le dije que la Bienal, a través de su site en internet, había divulgado la propuesta que supuestamente sólo ella y yo teníamos conocimiento. Y que por ese motivo, había decidido modificar el plan de acción inicialmente propuesto. Se disculpó, diciéndome que lamentaba lo sucedido pues le había confiado el proyecto a otra persona dentro de la Bienal sin imaginar que la misma no guardaría el secreto. Le pedí que tomara algunas fotos para, además de lo filmado por cámara escondida, tener algún registro fotográfico. Narré para ella las diferentes situaciones generadas en cada uno de los intentos de ingresar en aquellos cuatro edificios. Y le comenté que quería seguir adelante con la propuesta inicial pues me interesaba saber que sucedería al día siguiente a las 15 hs., día en el cual, según lo divulgado por la Bienal, realizaría la Performance en el Museo. Pensamos que sería una buena idea intentar ingresar nuevamente, pero en esta oportunidad, hacerlo con el acompañamiento de dos personas registrando la situación sin ser vistas por los guardas de seguridad. Ella misma, filmando desde el exterior, y otra persona más ubicada dentro, en lo alto de la escalinata, garantizándose de esta manera otros puntos de vista, más allá del que la cámara escondida en el bolígrafo ofrecería. Y para evitar que la Bienal convirtiese aquello en un espectáculo, pensamos en adelantarnos un poco e ingresar antes de la hora divulgada. Y, si nuevamente fuera impedido de ingresar, me retiraría en silencio para luego de ello dirigirme hacia el Memorial, ubicado al lado del Museo, intentando ingresar en él para llegar hasta la sala de Prensa de la Bienal y narrar lo sucedido durante los 3 días en que duró la Performance. Pero, en caso de que allí también me impidieran nuevamente el ingreso, la productora entraría en el juego, informándole al guarda de seguridad que la persona a la cual estaba expulsando se trataba de Santiago Cao, un artista invitado por la Bienal realizando una Performance en ese mismo instante. ¿Cómo reaccionaría esa persona luego de ser informada? ¿Me dejaría ingresar –aun estando sin calzado– por haberme transformado en artista para su campo de saberes?

Nos despedimos y durante el transcurso del día continué caminando en una deriva sin rumbo fijo. El intento de afectar mi cuerpo estaba dando resultados concretos. Una sensación de extrañamiento me invadía. El día parecía eterno y una necesidad de dormir me atravesaba todo el tiempo. Comencé a sentir un poco de fiebre. Caminé hasta un paradero de buses llamado “terminal Uruguay” que se encontraba próximo de la Plaza de la Alfándega y una vez allí me acosté a dormir en el suelo, utilizando la manta para cubrirme de todas las personas que por allí pasaban. No se cuanto tiempo transcurrió. Me despertó una lluvia que arrastrada por el viento llegaba hasta donde me encontraba. Comencé a recoger mis cosas y mientras las guardaba en la bolsa, se acercó una señora diciéndome:

- Señor, tengo unos sándwiches para que coma.

Y estos deliciosos sándwiches fueron no sólo mi cena sino también el desayuno del día siguiente.

Nuevamente quedé pensando al respecto de mis pies descalzos y cómo ellos afectaba y generaban reacciones contrastantes. Por un lado, varias personas se me aproximaron para darme alimento. Por el otro, las reiteradas expulsiones al intentar ingresar en las muestras de la Bienal que, paradojalmente, fue bautizada con el nombre de “Mensajes de una Nueva América”.

Al día siguiente caminé por algunos otros lugares del Centro Antiguo que aún no había recorrido. Parecía realmente ser otro día. Las sensaciones eran otras. Todo parecía más hostil en comparación con la generosidad de las personas del día anterior. Al menos unas tres veces durante esa mañana me gritaron insultos desde automóviles en movimiento. Me encontré con una feria de verduras y frutas. Permanecí de pie, cerca de uno de los puestos, viendo si alguien me ofrecía algo de comer pero nada sucedió. Luego de quedarme un tiempo rascándome la cabeza y mirando el suelo, decidí comenzar a caminar dentro de la feria, con la esperanza de que alguien se sintiera provocado y me convidara algo para comer. En cambio, sólo gané bromas al respecto de mi imagen. “¡Hombre de las cavernas!”, me gritó uno de los vendedores mientras se reía junto a otra persona. Como no respondí y ni siquiera le dirigí la mirada, volvió a gritarme “¡hombre de las cavernas!”. Otro de los vendedores se dirigió hacia él y le dijo “¡Ya déjalo en paz! Nadie está a salvo de terminar así”.

Me alejé y caminé hacia la Plaza de la Alfándega. Me acosté en un banco. Dormí. Aún tenía varias horas para descansar antes de la hora divulgada. Me desperté pero continué acostado, mirando a las personas pasar. Comencé a percibir la gran cantidad de personas viviendo en situación de calle. Reconocí a muchas de ellas por el gesto de cargar una bolsa. Aunque muchos de ellos estuvieran bien vestidos y prolijamente peinados, poseían algo en común en aquella manera de sujetarla. Indistintamente si se trataba de una bolsa nueva o rasgada, un gesto común parecía indicar que esa mano no la transportaba, sino que la cargaba. Y durante aquella mañana vi tantas personas repitiendo aquel gesto que terminé impresionado, preguntándome como había sido posible que durante los días anteriores hubiera podido ver sólo lo evidente, lo explícito, pasando por alto aquello que ahora se me presentaba con intensidad ante mis ojos.

Abrí la bolsa verde y busqué dentro de ella el teléfono celular. Intentando que nadie lo percibiera, miré la hora. 14:30. Teníamos menos de 30 minutos si queríamos intentar ingresar antes de la hora divulgada por la Bienal. A lo lejos distinguí a la productora. Se había encontrado en la Plaza con la otra persona que se ocuparía de filmar desde dentro. Se separaron. Él pasó a mi lado e ingresó en el Museo. Me senté en un banco próximo a la entrada, decidido a esperar unos minutos mientras calculaba el tiempo que él demoraría en subir las escaleras y buscar un lugar donde filmar desde lo alto la situación que se generara. La productora llegó y se sentó en otro banco, también próximo. Un hombre vestido elegantemente llegó y ella lo saludó. Luego me habría de enterar que aquel hombre era el Cónsul de Argentina que había llegado al lugar para presenciar la Performance del artista Argentino. Miró en mi dirección pero no pareció imaginar que la persona que mi imagen proyectaba sería el mismo artista que la Embajada trajo para representar al país en la Bienal. Escuché como conversaban y luego de unos minutos el Cónsul se despidió para poder ingresar en el Museo y presenciar la Performance que tendría lugar dentro, en alguna de las salar de exposición. El teléfono celular de la productora sonó. Ella dirigió su mirada hacia mí. Busqué nuevamente mi celular en la bolsa y miré la hora. Faltaban 5 minutos para las 15 hs. Me dirigí lentamente hacia la puerta del Museo, rascándome la cabeza. Una mujer que salía en el mismo momento en que yo intentaba ingresar, dejó la puerta abierta sosteniéndola con una mano para que yo pudiera entrar. Di unos pasos dentro. Detrás de un mostrador, a unos metros de distancia, había una persona encargada de la seguridad. No era aquel hombre gentil del día anterior que con amabilidad me indicara regresar a la “placita” y permanecer allí sentado, aguardando en un banco. No era el mismo hombre ni tampoco tuvo la gentileza de su compañero. Al momento de verme se levantó y rápidamente vino a mi encuentro bloqueando mi paso e impidiendo que pudiera subir por la escalera que conducía a las salas de exposiciones.

- Señor, usted no puede entrar –me dijo– no lo tome a mal pero el señor va a tener que salir. Usted no puede estar aquí.

Esquivé su mirada y permaneciendo en silencio comencé a rascarme la cabeza. En ese instante dos personas pasaron a mi lado descendiendo las escaleras rumbo a la salida. Nadie les acompañó hasta la puerta. El funcionario insistió en decirme con un tono poco amigable:

- El señor va a tener que salir. No puede permanecer aquí –y tomándome del brazo me llevó hasta la puerta, empujándome fuera en el mismo instante en que otras dos personas ingresaban al Museo sin que nadie se los impidiese.

Ya en el exterior, dos fotógrafos de la Bienal llegaron corriendo y comenzaron a tomar fotografías. Habían llegado 5 minutos tarde. La “Performance” había comenzado 5 minutos antes de lo acordado.

Según lo combinado con la productora de la Bienal, al salir del Museo esperé unos minutos y luego comencé a caminar hacia el Memorial, que se encontraba a pocos metros de distancia. Intentaría ingresar y llegar hasta la sala de prensa para narrar lo acontecido durante la Performance duracional y entregar los registros filmados con la cámara escondida. Quería ver que sucedería cuando aquel personal de seguridad me viese llegar. ¿Nuevamente me impediría ingresar en aquel edificio público por considerarme un habitante de la calle? Pero esta vez las cosas fueron muy distintas de lo acontecido el día anterior cuando me expulsara con violencia. Estando en camino hacia el Memorial, uno de los jóvenes que trabajan como mediadores del Museo corrió hasta el edificio vecino para avisarles a sus otros compañeros de trabajo, diciéndoles “el artista está llegando”. Cuando finalmente llegué a la entrada vi que detrás de mí había un fotógrafo de la Bienal tomando fotos. Un segundo fotógrafo también tomaba fotos desde lo alto de la escalera que conducía a los salones de exposiciones. Subí lentamente, escalón por escalón, rascándome la cabeza, del mismo modo en que lo había hecho el día anterior cuando intenté ingresar y fui impedido de hacerlo. Pero, esta vez, quién estaba llegando era “un artista”. Ya no había personal de seguridad frente a mí sino un pequeño público y los dos fotógrafos. Me pregunté sobre el sentido de todo aquello. ¿Cuál sería el interés para aquellas personas allí presentes que veían pasar frente a sus ojos a un artista haciendo una “Performance” vestido de mendigo? Que sin hacer más nada que caminar, atravesaba el salón y se perdía en dirección a una escalera lateral que conducía entre otras cosas a la sala de prensa de la Bienal. Frente a ese espectáculo, me pregunté al respecto de lo que estaba pudiendo cuando era tratado como artista y de lo que podía cuando podía-no ser tratado como tal.

Me arriesgo a pensar que al ser impedido de entrar en el Museo, “el Artista estuvo ausente” en una doble ausencia: la primera de ellas se desarrolló en el campo de saberes del personal de seguridad que al verme no vio en mí al artista invitado por la Bienal, sino a un habitante de la calle intentando ingresar al Museo. Pero, de manera simultánea, se dio también una segunda ausencia, la del cuerpo físico del artista que al ser impedido de entrar, hizo que la Performance permaneciera por fuera de los edificios ocupados por la Bienal. Paradójicamente, la misma institución que me contrató para realizar una Performance, fue aquella que me impidió de accionarla dentro. El dispositivo hegemonizante del Arte acabo operando en una inclusión-exclusión que generó esta doble ausencia, manteniendo la Performance todo el tiempo del lado de “afuera”; en las márgenes. Como las tantas personas que viviendo en situación de calle son mantenidas por fuera de lo Público, tanto a la hora de debatir el término como también a la hora de accionar con y en el Arte.

Situación tan diferente de lo sucedido en el Memorial, donde el artista era esperado, y donde “el Artista estaba presente”. Allí, donde el Artista puede, yo pude poca cosa más allá de ser fotografiado al ingresar, sin nadie cuestionase por mi presencia, generando risas en las mismas personas encargadas de la seguridad que el día anterior me habían impedido entrar.

¿Qué puede un Cuerpo cuando es habitado por el estatus de Artista, y que puede un artista cuando in-corpora otras experiencias más allá de las Artísticas? ¿Para qué y para quienes trabajamos con arte? Cada vez más estoy considerando necesario el buscar otros públicos. Pero no en el intento de convertirlos en espectadores, sino en co-afectadores. Cada vez más está siendo necesario salir de los límites de la Obra. Hay un lugar a ser explorado, entre las márgenes y (peri)Ferias de Arte.