- 10 motivos para Sonreír

Acción duracional de Santiago Cao.
Realizada ininterrumpidamente del 23 al 25 de septiembre de 2012
en el marco del III Festival Internacional EPI, Lota, Chile.
Registros fotográficos tomados por Cristian Beroiza.

Duración: 3 días.

(Para ver los registros fotográficos de esta Performance, hacer click sobre la foto)


Registro Narrativo:

Por versão em português, siga o link:  http://santiagocao.metzonimia.com/motivos-pt


Una cartografía subjetiva de la ciudad de Lota a través del mirar de sus habitantes. Un recorrido a la deriva con los ojos parchados mientras pido a los transeúntes que me guíen hacia un lugar que nunca termino de especificar.

 

Los habitantes de la ciudad de Lota, al sur de Chile, han tenido que vivir experiencias muy intensas y dramáticas durante los últimos 15 años. En 1997 el gobierno nacional dictaminó el cierre de la mina de carbón, sumiendo en el desempleo a gran parte de su población. Posteriormente, a inicios de 2010, un intenso terremoto y tsunami con epicentro en la región afectó tanto a personas como a casas y carreteras, dejando a gran parte de su población en medio de un contexto de destrozos, hambruna y sin la posibilidad de una rápida ayuda.

Varias veces antes de visitar esta ciudad me he preguntado acerca del deseo de vivir y de la sonrisa como indicador de calidad de vida. Pero allí, contrariamente a lo esperado, quedé impresionado al notar que a pesar de lo vivido, la mayoría de las personas no había perdido la capacidad de sonreír. Y si fuera como escribió Antoine de Saint-Exupéry en su libro "El Principito", en relación a que lo esencial es invisible a los ojos, ¿cuál será esta esencia que permite a quienes sufren volver a sonreír luego de ello? Y si esto es invisible a los ojos, ¿de qué otro modo que no sea con la vista podríamos "verlo"?

En procura de encontrar estos (in)visibles motivos para sonreír, di inicio a la acción viajando 6 horas en bus desde Santiago hacia Lota, colocando durante ese viaje parches en los ojos que me impidieran ver, para -una vez liberado del condicionamiento visual- introducirme en esta búsqueda guiado por los otros y sus saberes. Pero, siendo que para dejarme guiar preciso confiar en quien me guía, ¿cómo hacer para confiar si no conozco a quien tengo enfrente? Y aún más, ¿cómo  dejarme guiar hacia algún lado cuando ni siquiera se previamente a donde quiero llegar?

Ya en Lota, y luego de dos días consecutivos de prepararme resignando la vista con la intención de calmar mi mente, abandonar mis miedos y permitirle a mi cuerpo (re)aprender a confiar en el instante, pude iniciar la segunda parte de la acción. Fui llevado hacia una de las calles principales del sector de Lota Alto, y allí, sin acompañamiento alguno, fui dejado a la deriva. A la distancia, dos artistas amigas y un fotógrafo seguían la acción registrándola con la vista y una cámara de fotos. Sin saber para donde caminar, comencé a pedir a las personas que por allí pasaban su ayuda para desplazarme, indicándoles como única dirección, el querer ir hacia un lado opuesto a Lota Bajo.

- ¿Hacia dónde va? –me preguntó una mujer ya mayor.

- No sé, voy hacia allí –respondí, señalando una orientación cualquiera frente a mí.

- ¿Allí? ¿Dónde es allí?

- No sé. No conozco la ciudad y no puedo ver por dónde voy.

- Pero si no sabe a dónde quiere ir, ¿cómo va a llegar?- me contestó con nerviosismo.

- Es que no importa a donde llegue. Sólo quiero ir, y conversar un poco mientras camino hacia allí. El día está tan bonito que no tengo ganas de quedarme encerrado y no tengo con quien salir a caminar.

De esta manera, sin especificar ninguna dirección en concreto, ningún lugar a donde querer llegar, pude (durante poco más de 4 horas) conversar y caminar apoyándome con mi mano en hombros de personas que no conocía, desplazándome a la deriva por una ciudad aún no vista, con la proximidad que genera el contacto físico cuando no hay mirada de por medio que construya distancias. Cuando llegaba el momento de despedirme, preguntaba a quién me había guiado si había allí cerca otras personas y pedía ser llevado hasta ellas con la intención de que pudieran a su vez guiarme en la siguiente parte del camino. Y así, siendo entregado de persona en persona, de hombro en hombro, fui realizando una cartografía subjetiva de aquel fragmento de ciudad, disponiéndome al encuentro de aquello que, siendo invisible a los ojos, se nos hace esencial para (con)vivir: el confiar en el otro, en tiempos donde lo otro –en contraposición a (nos)otros- es visto y construido como una posible amenaza.